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¿Presos de la libertad?

Marzo 1, 2016
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Esta mañana al prender la compu me saltó en la pantalla la ventana del chat con un “ hola guapa”. Hacía un buen tiempo que no sabía de él. Fue uno de esos amores que llamamos pasajeros por lo fugaces, pero que resultan en un vínculo que se queda.

Cuando nos conocimos ambos estábamos entregados a la intimidad y a la vez esquivos de los compromisos. Él no quería saber nada de relaciones de pareja. Yo estaba abierta a una relación pero no quería tener una sola expectativa puesta en mí, y ni hablar de proyectos conjuntos! Algo así como “tu con tu vida y yo con la mía y desde ahí, tal vez”. Nos sentíamos tan evolucionados, tan libres; qué maravilla encontrarse en esas ganas de entregarlo y recibirlo todo sin apegos, sin formatos, sin planes a futuro! Y así fue, nos vimos un par de veces, conversamos un montón, nos disfrutamos al máximo y de repente perdimos el contacto.

Hoy, sin más apareció en mi Facebook.  Vi que su foto de perfil era un abrazo cómplice con una mujer; claramente su pareja. Sonreí. Y nuevamente sonreí porque yo ahora también estoy en pareja. Entonces, obvio, hoy resultó ser un delicioso contarnos como fue que apostamos por permanecer. ¡Que delicia de conversación!

La historia va más o menos así: En aquella época estábamos convencidos de que nuestra misión era desprendernos de todo, no crear apegos; creíamos firmemente que era el camino espiritual más profundo y eso incluía, por supuesto, las relaciones. Estábamos en un momento de plenitud. Pero siempre algo hacía ruido, un dolor que se manifestaba tímidamente, una sensación extraña, un llamado de algo que claramente no queríamos ver. Entonces, en un “momento” de revelación, entendimos que estábamos actuando bajo una falsa motivación y que en la sombra, muy negado y abatido, pero con una fuerza paralizadora rotunda, estaba el miedo a ser heridos.

Ese miedo tan común, y tan pero tan disfrazado de un sin fin de emociones, incluida la falsa felicidad. (Porque si en mi amigo y en mí el miedo nos hacía huir, a otros los hace aferrarse a relaciones castrantes. Pero bueno, ese es tema para otro momento). Y descubrimos entonces el poder liberador de permitirse la vulnerabilidad. De mirar el miedo a los ojos, abrazarlo, acogerlo como parte nuestra y de su mano decidirnos a caminar junto a otro ser, tal vez igualmente asustado, pero confiando en el amor que se manifestaba en cada poro.

¿Donde quedó entonces esa necesidad de libertad? ¿Era todo una mentira disfrazada para no abrir el corazón a la posibilidad de amar y doler? Claro que no. Y ese fue el siguiente darse cuenta: la libertad también es un llamado del alma, no solo un juego del miedo. Lo bonito fue darnos cuenta de esto: la libertad que buscamos no es libertad de hacer; de irse, volver, tener amantes aquí y allá, decidir sin consultar a nadie… no, nada de eso. Se trata más bien de conquistar el derecho a la libertad de ser.

¿Que implica eso en una pareja? Implica estar abiertos a reconocer y aceptar todo lo que vaya surgiendo en uno y en el otro, incluso si parece ir en contravía de lo que se supone que debe pasar en una pareja. Soltar por ejemplo la posesión sobre el otro y la exigencia sobre uno mismo. Implica por sobre todo estar atentos y conscientes de nuestros movimientos internos, sin negarlos y sin esconderlos, y estar abiertos a los movimientos del otro. ¿Y qué si siento deseo por otra persona?  ¿Y qué si necesito tomar distancia un tiempo corto o largo? ¿Y qué si mi pareja necesita explorar… que se yo… lo que sea? Si nos damos la libertad de ser, entonces nos abrimos a la experiencia de dejar que se exprese ese manantial interior. Ese que a veces brota como agua pura,  a veces como lava, y a veces, muchas, como un no se qué mal oliente.   Ahora, ¿qué hacer con todo eso? Ese es el reto de transitarlo en pareja… algunos soltarán por completo para darle vía libre la satisfacción de las necesidades, otros buscarán formas de explorar juntos… hay tantas posibilidades!

Y aquí y ahora, él con esa ella y yo con este él, esa parece ser la apuesta. Salirnos de los formatos y de los mandatos (los heredados, los contagiados, los autoimpuestos). Aceptarnos completos y recibir al otro completo. Dejarnos llevar y sostener por la honda expansiva del amor que permanece, incluso si nos lleva a las cuevas más oscuras.  Permitir la expresión auténtica de lo que un “nosotros” significa.

Una apuesta de dos descubriendo libremente su verdadera naturaleza.

http://meatrevoasentir.blogspot.com.co/

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